AMISTAD

DÍFICIL, rara, escasa entre los hombres,

la amistad verdadera es misteriosa:

claramente, sin duda, un don divino.

Y por eso es sagrada. Quien la encuentra

debe cuidarla fiel en su pureza

porque es, como el amor, un sacramento.

Si estás con un amigo ya probado

y en la mutua confianza generoso

¿acaso juntos no participáis

de un ámbito secreto en que sois libres?

¿no hacéis ambos de lo íntimo algo puro?

Tú con él, al igual que hace él contigo,

como un orante has roto las barreras,

y hablas ya sin temor de ti y tus cosas,

mejor que en soledad contigo mismo.

 

Un estudiante que arrastra la estela de su fracaso amoroso por las calles de un Madrid desolado y castigado bajo el sol de agosto. Unos muchachos griegos que sueñan con la intensidad de otra vida en París. Un niño huérfano y discapacitado que nos emociona con su inocencia y bondad naturales. Un pobre funcionario cuya identidad vive atrapada en muchas identidades. O una mujer cuyas ilusiones y ambiciones se ven cercenadas por el cinismo de alguien sin escrúpulos.

 

GRACIA Y VUELO

ALGUNOS días escribo

poemas

en las alas

de aviones de papel

que el viento empuja.

Otro días,

casi siempre,

espero,

espero, solo espero,

sentado en cualquier parte:

un libro entre las manos,

una libreta, un lápiz,

la mirada en el mundo.

Aguardo aquel instante

en que ese mismo soplo

me vuelve gracia y vuelo,

una simple hoja seca

que afirma su sentido

mientras cae.

 

 

En esta novela la escritora Luisa Fernanda Cuéllar narra los avatares de una familia mejicana a lo largo de los años, con sus luces y sus sombras, su apogeo y su decadencia, sus ambiciones y sus extravagancias.

En un tono romántico y evocador asistimos aquí a la reconstrucción de un mundo en parte desaparecido, pero en el que todavía reconocemos algunas de sus lacras: la corrupción y el chantaje político, el imperio de la droga, la violencia... Todo ello como telón de fondo para unos personajes cercanos y entrañables, que cruzan por estas páginas como fantasmas que dejan a su paso anécdotas, amor y la estela de su inolvidable perfume.

 

EL suceso de tu muerte lo ha pulverizado todo en mí.

Todo menos el corazón.

El corazón que tú me has hecho y que me sigues haciendo, que modelas con tus manos de desaparecida, que sosiegas con tu voz de desaparecida, que iluminas con tu risa de desaparecida.

Te amo. No sé escribir otra cosa, no encuentro otra cosa que escribir más que esta frase. Eres tú quien me ha enseñado a escribirla, eres tú quien me ha enseñado a pronunciarla como es debido, con gran lentitud, separando cada palabra, con una lentitud de siglos, con esa adorable lentitud tuya cuando te entregabas a cosas prácticas, hacer una maleta, ordenar una casa. Eres la mujer más lenta que he conocido nunca, la más lenta y la más rápida, cuarenta y cuatro años de tu vida han pasado como un relámpago muy lento tragado de un golpe por la oscuridad.

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