Novela

Un estudiante que arrastra la estela de su fracaso amoroso por las calles de un Madrid desolado y castigado bajo el sol de agosto. Unos muchachos griegos que sueñan con la intensidad de otra vida en París. Un niño huérfano y discapacitado que nos emociona con su inocencia y bondad naturales. Un pobre funcionario cuya identidad vive atrapada en muchas identidades. O una mujer cuyas ilusiones y ambiciones se ven cercenadas por el cinismo de alguien sin escrúpulos.

En esta novela la escritora Luisa Fernanda Cuéllar narra los avatares de una familia mejicana a lo largo de los años, con sus luces y sus sombras, su apogeo y su decadencia, sus ambiciones y sus extravagancias.

En un tono romántico y evocador asistimos aquí a la reconstrucción de un mundo en parte desaparecido, pero en el que todavía reconocemos algunas de sus lacras: la corrupción y el chantaje político, el imperio de la droga, la violencia... Todo ello como telón de fondo para unos personajes cercanos y entrañables, que cruzan por estas páginas como fantasmas que dejan a su paso anécdotas, amor y la estela de su inolvidable perfume.

 

EL suceso de tu muerte lo ha pulverizado todo en mí.

Todo menos el corazón.

El corazón que tú me has hecho y que me sigues haciendo, que modelas con tus manos de desaparecida, que sosiegas con tu voz de desaparecida, que iluminas con tu risa de desaparecida.

Te amo. No sé escribir otra cosa, no encuentro otra cosa que escribir más que esta frase. Eres tú quien me ha enseñado a escribirla, eres tú quien me ha enseñado a pronunciarla como es debido, con gran lentitud, separando cada palabra, con una lentitud de siglos, con esa adorable lentitud tuya cuando te entregabas a cosas prácticas, hacer una maleta, ordenar una casa. Eres la mujer más lenta que he conocido nunca, la más lenta y la más rápida, cuarenta y cuatro años de tu vida han pasado como un relámpago muy lento tragado de un golpe por la oscuridad.

"Me enseñaron a escribir septiembre así, con p, supongo que como a todo el mundo. Luego, cuando la lectura se convirtió en casi un vicio y comencé a intentar escribir, no sé si por pedantería, por esnobismo o como un mal entendido signo de distinción, empecé a escribirlo sin la p: setiembre. De esa manera lo hice hasta finales de septiembre de 2012. La primera vez que escribí el nombre de ese mes desde que mi padre muriera su día 12 me quedé mirándolo, estancado, contrariado. Al principio pensé que estaba empantanado por los recuerdos. Pero no era eso. O no era sólo eso. Notaba como si al nombre le faltara algo. La p de padre, me dije, pues al incluirla todo pareció seguir su curso. Y desde entonces lo escribo así: septiembre."

 

AL amanecer, asomado a la ventana de su cuarto, el niño Luis José Vegarada veía a Dios. A él al menos no le cabía duda de que era Dios mismo quien rasgaba el cielo para derramar el maná sobre la ciudad convertida en la nueva Jerusalem, bañada en los colores rosas y celestes que le otorgaba la primavera a la hora que llamaban de maitines. A esa hora se hacía visible la silueta altiva de la torre de San Miguel, dominando el horizonte, y que parecía clavarse en el firmamento. Y el niño soñaba que la torre era la escalera del cielo por la que descendía el espíritu de Dios para bendecir a la gente, a las casas, a las calles... Así su vista llegaba a la cúpula de la iglesia Colegial, cuya amplísima fachada barroca era para el niño la puerta de entrada al divino reino. Del otro lado quedaba su barrio, el Arroyo.

LA ciudad olía a desencanto y a incertidumbre. Perdidas ya todas las prendas que la adornaron y la hicieron irresistible en el pasado, miraba asombrada su propia decrepitud. Arrobada en su contemplación, había olvidado que para hacer frente al implacable paso del tiempo, hay que erguirse sobre el pasado y, orgullosa de cuanto se haya sido, renovarse, conservar los cimientos en los que participaron tantas personas anónimas y crecer, extenderse acogedoramente y alzarse sobre la mediocridad.

Antaño olía a vino, a campiña fresca, a justas medievales y a muralla recia y protectora, hoy apenas si quedaban los nombres de algunas calles para recordar lo que fue un pasado digno y glorioso.

En esta novela de humor convergen dos grandes mitos: por un lado Hércules, el prototipo de héroe fuerte, valiente, invencible, y, por otro, la legendaria civilización tartésica. El encuentro con esta civilización -evocada aquí de una manera un tanto peculiar- conmocionará al gran guerrero hasta hacerle dudar de sus convicciones y su forma de vida.

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